El vacío que sentí
28 abril, 2023 por
L.P. Angélica Mancilla
"Cuando era pequeña y descubría mi cuerpo, estaba feliz. Era un mundo nuevo; conocerlo, sentir el aire, el calor, el frío, probar nuevas experiencias, nuevos sabores, poder correr, tocar y un sin fin de cosas que me permitían conectar. Sonreía y lloraba por todo lo que podía sentir. 

Cuando empecé a crecer y mi tía habló sobre mi peso, sobre mi cuerpo y me lanzó una mirada desaprobadora sobre lo que comía y sobre mi, empecé a poner atención a los demás, al cómo se veían. ¿Cómo debería de verme yo?, ¿estaba… mal? Empecé a dudar de mí y de mi cuerpo. La sensación de vergüenza que tenía si alguien me veía comer ha sido, hasta ahora, la más aterradora que he tenido. Ninguna película de terror me ha hecho sentir tanto miedo. ¿Alguna vez has sentido que se te apachurra el corazón, el estómago, la piel se eriza, los dientes se aprietan y rechinan, las manos te sudan y los ojos se te inundan de lagrimas? Bueno, así me sentía yo cada que llegaba la hora de comer. 

La comida que tanto disfrutaba se volvió un problema, tenía una culpa incontenible de siquiera probarla. El verme al espejo se volvió una tortura, ¡qué dolor tan grande ver mis piernas llenas de grasa! ¿Dónde estaba eso a lo que le llaman “cintura”? Mis brazos eran mucho más anchos que mis senos, mi espalda estaba llena de rollitos y no podía verme sin pensar lo mal que estaba. No podía comer sin recordar esa imagen. Odiaba mi cuerpo, lo veía tal y como lo vio aquella vez mi tía. Después de todo, es alguien a quien quería, claro que las personas que amamos siempre quieren lo mejor para nosotros, o ¿no?

Pasé una adolescencia digamos normal. Evitaba a toda costa comer frente a alguien, pero cuando estaba sola, regularmente cuando regresaba de la escuela, comía lo que podía. En realidad, no podía parar. Así que eso que comía era una porción más grande que para otros. En casa siempre había comida en la alacena: galletas, papitas, jugos y un sin fin de alimentos que me ayudaban a calmar esa hambre que sentía todo el día a todas horas. En reuniones familiares no podía evitar escuchar esos comentarios sobre mi cuerpo: “Cuánto ha subido”, “no sé qué ha comido”, “esa ropa no le ajusta”.  Algunas personas incluso me lo decían directamente: “Ya para de comer”, “deberías hacer dieta”. Otros, llenos de una sutil y lacerante crítica escondida en un consejo que yo no pedía: “Conozco una persona que puede ayudarte”. Podría seguir con esta lista interminable de criticas, juicios y supuestos consejos que se incrustaban como navajas en mi ser. 

¿Y al final qué pasaba con el peso? 

Un día llegué con una psicoterapeuta, luego de tantos tratamientos y dietas a los que me había sometido, sin que yo lo quisiera. Ella me vio y antes de hablar sobre mi cuerpo, me miró a los ojos y me preguntó: "¿Cómo estas?". Me quedé helada, no sabía qué responder. Se hizo un nudo en mi garganta, sentía el rostro caliente y presión en el pecho. Luego de unos minutos pude decir: “Mi mamá murió” y me desbordé en llanto. Podía recordar los momentos de comida en la mañana con mamá, la comida calentita que me preparaba, cómo se sentían los abrazos en mi piel, cómo besaba mis bracitos y mi cara... Hasta que enfermó. Ahí la diversión se fue y el dolor se quedó. Mamá se fue lluego de unos meses luchando por su vida. Sé que si hubiera podido se habría quedado conmigo, pero en mi había un gran vacío, un vacío que no podía llenar. Me quedé al cargo de mi tía, no sé si pudo ser mejor o peor, pero ahí estaba yo sintiendo el dolor de lo que perdí y el choque directo con la realidad de no tener un cuerpo “correcto”, combinado con el dolor que sentía por la partida de mamá y el desprecio de mi tía, la comida era mi único refugio. 

Luego de unos cuantos meses en psicoterapia, empecé a mejorar mi relación conmigo. Sabía que no tenía el cuerpo que mi tía quería, pero podía sentirlo. Mi piel me permitía disfrutar la brisa otra vez, el calor y el frío me recorrían completa, mis piernas poco a poco se hicieron más fuertes y me ayudaban a correr. Podía sonreír de nuevo y aunque no era la más esbelta, comencé a amarme.  Poco a poco me fui aliando de especialistas que me ayudaron en el proceso. Me acompañó mi psicoterapeuta, la primera de una linea larga posterior de personas que comenzaron a verme y no a ver mi peso, pero una de las más importantes fui yo misma. Ella me ayudó a ayudarme. Me permití soltar un poco el dolor y trabajar con mi cuerpo, encontré una nutrióloga que me enseñó muchas formas de alimentarme con amor. Empecé una práctica de alimentación consciente que me ayudó a poner limites no solo en la comida, y aunque el ejercicio ha sido la parte más dificil, he podido encontrar en él un alivio. 

El proceso aún no termina, sigo encontrando altibajos, pero puedo verme al espejo y me permito disfrutar la vida. Hice un pacto con mi cuerpo, yo lo cuido y él me cuida a mi. Sé que si mamá hoy pudiera verme, me estaría abrazando y besando como lo hacía antes de irse."

Camila M, 30 años. 


L.P. Angélica Mancilla 28 abril, 2023
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